28 ene. 2016

Ingres y lo monstruoso (publicado como "El monstruo fuera de tiempo")


Leer Nº  269

Parece mentira que Ingres haya compartido siglo con Corot y Delacroix, siendo, quizá, como un faro de luz antigua en su tiempo. De hecho, pudo ser como Sibelius: un reaccionario rodeado de innovadores, y que sin embargo logró "vivir en la memoria de los hombres", tal y como el artista francés deseaba para sí. Perpetuar la belleza (Casimiro, 2015) clarifica mucho la cuestión. Esta compilación de algunas de las cosas que Ingres dijo sobre su obra, su tiempo y demás, nos revela a un pintor convencido de haber nacido en el siglo equivocado, de la naturaleza divina de Rafael y -lo más significativo- depositario de una visión monstruosa del arte; sí, monstruosa incluso en su momento.

Para el autor de uno de los cuadros más planos e inexpresivos que se han visto nunca, Júpiter y Tetis, "todo está hallado", así que "no es nuestra tarea inventar sino continuar". Lo chirriante no está tanto en estas sentencias, que pueden ser algo ciertas, como en el hecho de que los tres conceptos favoritos y casi intercambiables de Ingres (Naturaleza, Belleza y Verdad) habitan, muy probablemente, bien lejos de esas representaciones simbólicas que ante todo hablan de órdenes y armonías artificiales. Ya lo sospecharon unos pocos críticos de su tiempo: Ingres, grandísimo pintor, no tenía demasiada imaginación. Curiosamente, Turner, que exploró el triunvirato trascendental con rarísima fortuna, pensaba que los que vinieron antes que él no habían dejado sino unas pocas espigas por recolectar. Cómo se equivocaron uno y otro.

Lionello Venturi epiloga el librillo mentado con un acertado resumen del caso Ingres: "se aferró desesperadamente a su teoría porque no tuvo el coraje de dar rienda suelta a su propia sensibilidad", pero lo cortés no quita lo valiente y su pintura impresiona en vivo. Una obra como Napoleón en su trono imperial (1806), que parece una reproducción digital gigante, demuestra que las carencias del galo son la contrapartida de sus puntos fuertes. Por lo pronto, véase esa capacidad de sintesis compositiva -de hacer funcionar el conjunto de lo real- que llamó en su momento la atención de cierta crítica afín al cubismo. Por muy congeladas y sin vida que se nos presenten sus superproducciones, estas tienen la capacidad de amedrentar al más descreído y escéptico de los observadores; es más de lo que se puede pedir a un arte tan dogmático y demodé como el de Jean Auguste, que, después de todo, parece merecedor de su tan ansiada victoria sobre el olvido.

Hay más: la Naturaleza, tan en boca del discípulo de David, es sacrificada en aras del funcionamiento total de la obra. Así, las proporciones anatómicas de las figuras humanas se deforman -una vez más, monstruosamente- y su filiación a lo simbólico inmóvil desemboca en un fascinante realismo antinatural. Se trata de un fenómeno paralelo a la intelectualización de sus creaciones más ambiciosas, y de ahí que no sea tan constatable ni en los retratos -Ingres fue un gran retratista a su pesar- ni en el dibujo, cuando el autor de El baño turco (1862) se desenvuelve plásticamente sin someterse aún a la Imagen Ideal. Una esfinge aberrantemente semihumana, un Niño Jesús de cabeza notoriamente desproporcionada, un tratamiento exhacerbadamente marmóreo de la carne unido a extremidades de longitudes imposibles, serán algunas de las curiosidades que encontraremos en El Prado estos días.

En el legado de este enemigo declarado de Rubens, para terminar, hay muchísima más cera de la que parece arder. Podría incluso decirse que, como serendípicamente, ha hecho más por cuestionar los grandes constructos culturales a los que se sometió en vida que por perpetuarlos, al menos, en la forma inmutable e intocada que él mismo pretendió para la Belleza. Ingres es mucho más que el último neoclásico, y en tanto dibujante violento cercado por coloristas, supo imprimir a su obra un caracter legitimador que quizá sea, paradójicamente, esa voluntad imposible de cercenar todo impulso creador bastardo; es, en cierto modo, un productor de esos monstruos -benignos, en su caso, que bien supo Goya que produce y seguirá produciendo toda razón indiscutida.