2 nov. 2015

Dismaland y el anarquismo


Leer Nº 267

Se gestó en el silencio que rodea a todo lo que hace quien -parece que a su pesar- ha desembarcado, directamente desde los muros urbanos, en Bonhams y Shotheby´s. Se llama Dismaland y es un parque temático inverso, inapropiado para los niños -Banksy dixit- y anunciado en su web como "Bemusement Park". Quizá tal Parque de Confusión pueda preservar la obra que reune en Weston-super-Mare de esa garra snob que paga lo que no valen esos iconos populares que ya todos conocemos. A quienes agitan los billetes no les frena el hecho de que el artista no comprenda como esos "idiotas" pueden comprar esa "mierda". Quieren su manifestante con ramo de flores; eso es todo.

De su reino dismal -deprimente- Banksy también dice que es un "parque familiar para anarquistas principiantes", eso sí, algunos dispuestos a pagar 1000 libras por una entrada en Ebay. El misterioso plantillero tiene razón... Es todo muy confuso, y particularmente el hecho de que Damien Hirst esté representado en el Dismaland de marras; uno de los principales adalides de la perversión mercadera del Arte Contemporáneo o, como dijo Campbell-Johnson en el Times, un artista que tiene "ese toque comercial" que puede venirle muy bien a cualquier museo con dificultades económicas. Es más, las oscurísimas operaciones de especulación de Hirst y Frank Dunphy, su contable, hicieron aguas no hace mucho. Los anarquistas, principiantes o no, deberían buscar la crítica del Capitalismo Avanzado en otra parte. Probablemente ya lo sepan.

¿Cómo es aquello? Parece que distópico y trufado de figurantes deliberadamente siniestros, pero kitch y cool, cómo no. La sirenita desfigurada por efecto de una interferencia catódica (una ocurrencia genial, por otra parte), el accidente de Cenicienta o la Muerte en el coche de choque no son más que elementos de una enorme maniobra de distracción. Es dudoso que tales obras admitan dobles y triples lecturas -se ha escrito tal cosa- y bien ponderable que tengan la profundidad conceptual de un charco de ciudad, pero el Diazepam visual funciona lo suficientemente bien como para atribuirse veleidades libertarias. Un lugar como el Museo Estatal Auschwitz-Birkenau puede resultar deprimente e inapropiado para la infancia, e incluso incitar al anarquismo, por qué no. Lo que Dismaland ofrece, en cambio, parece más un revulsivo rápido Ante el dolor de los demás; como ese libro de Susan Sontag que casi termina con una aseveración terrible: "No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y como se convierte en normalidad".

Así, este prolífico parque no miente menos que Disneyland, siendo ambos como son, luz y sombra de la misma mitología del Progreso. Y si Picasso dijo que después de Altamira todo es decadencia, cabe añadir que tras Warhol esa decadencia se volvió perversa. Ahora, una élite de warhols 2.0 se encarga de la crítica que el propio Sistema auspicia para sí, y nos recuerda que nada realmente transgresor ha sucedido desde el tiempo de las vanguardias, hace ya un siglo. Quien o quienes estén detrás del nombre mágico, Banksy, está o están cada vez más en la cuerda de gente como Hirst, Tracy Emin o Jeff Koons; esto es, en las antipodas de toda revulsión genuina, más allá de todas las provocaciones de obra o de voz que provengan de tan cotizados artistas. No en vano, alguien ha dicho que, cuando se lanza un ladrillo a dicho Sistema, este lo devuelve transformado en chapa de Che Guevara.

Con todo, la curiosa fábrica de ladrillos en transformación aloja piezas pintonas como Big Rij Jig de Mike Ross o Giant Pin Wheel del propio Banksy. Pero aunque resulte casi inevitable acordarse del Puppy de Koons en el Guggenheim, Dismaland también tiene bastante de Simon Rodia y sus Watts Towers, de Clarence Schmidt y su Woodstock Environment, de Niki de Saint Phalle y su Giardino dei Tarocchi o de Jean Tinguely y su Cyclope; marcianadas puras y duras, como se dice ahora, que evocan lo que sea que evoquen sin sermonear envenenadamente, y si no es acerca de sí mismas y de los respectivos mundos a los que parecen pertenecer. Solo cabe esperar que algo verdaderamente interesante esté sucediendo en otra parte, quizá no demasiado lejos de Weston-super-Mare.