2 feb. 2017

Eco de temor reverencial

Leer Nº 279


Un rápido vistazo al trabajo de Lothar Baumgarten en la web de Marian Goodman Gallery le retrata como un artista contemporáneo de ideas propias. No es moco de pavo en un tiempo de estéticas metastásicas y desolación discursiva o, dicho de otro modo, ante un panorama arrasado en el que nada más crece algún que otro brote vivo aquí o allá. Tampoco es que El barco se hunde, el hielo se resquebraja -sugerente título- sea una pieza sonora milagrosa, pero funciona en tanto que consigue contarnos algo. Como el título recién mentado, es capaz de sugerir cosas y hasta de hilarse con la explicación de turno. A Baumgarten le preocupa tanto la relación entre Naturaleza y cultura como el hecho de que la historia occidental sea inseparable de la del colonialismo. Que el bucle de dos horas de sonido editado suene estos días en el Palacio de Cristal no es arbitrario: la edificación se levantó en 1887 a propósito de la Exposición de las Islas Filipinas.

Los ruidos de Baumgarten -básicamente crujidos, descascarillados y algunos arrastres y golpes de mayor intensidad- ganan un curioso reverb en el interior del contenedor decimonónico. Sin embargo, el trajín de los turistas, el acaramelamiento de las parejas y -en definitiva- la atmósfera sonora que cohabita con su homóloga artificial, no ayudan mucho a generar la sensación de resquebrajamiento en la que el artista habría pensado. El barco… podría funcionar mejor de noche, o con un ambiente más silencioso, toda vez que la idea del Palacio de Cristal resquebrajándose -que encajaría en esa vieja categoría de lo monstruoso- no casa bien con el bullir de cotidianeidad despreocupada que le es propio a la conocida estructura acristalada. En cualquier caso, que el venirse abajo del que indirectamente es un símbolo colonial se recree con sonidos de un ciclo natural es de por sí un acierto conceptual; de calado genuinamente crítico, si por ahí se quiere llevar el asunto, pero también poético y trascendental.

Si uno pasa el suficiente tiempo sentado en una de las pocas sillas de tela puestas allí ex profeso, y se abstrae eficientemente de todas las distracciones que amenazan el clímax, que decíamos que no son pocas, asistirá al incremento gradual de los sonidos tipo impacto sobre la cascarilla ambiental. Traen ecos del temor reverencial que inspiran los procesos naturales de magnitud, y adquieren un valor nuevo al escucharse desde un pequeño epicentro no solo de las artes civilizadas, sino de la banalidad del viajero que ya no viaja, y -por qué no decirlo- de la estupidez simple y llana que por todas partes se derrama, iPhone en mano, ajena a esa historia que tanto inquieta al artista. Si uno se lo toma en serio, no es solo el Palacio de Cristal lo que se vuelve vulnerable, sino lo occidental, al menos en su dimensión alienante e insostenible; cuando el vacío que la desnaturalización nos ha dejado se revela en toda su inhumana frialdad.

Desde luego, como recuerdan desde el Reina Sofía, el asunto del hielo-cristal nos lleva a otros derrumbes -valga el cliché periodístico- de rabiosa actualidad: derrumbes financieros debidos a un crecimiento cuyo único límite es el colapso, o derrumbes de masas heladas polares. Mientras muchos artistas contemporáneos tontean con estos temas, que, a decir verdad, hasta van estando manidos, Baumgarten parece manejarlos de forma inteligente; sin esa pedantería tan del arte joven (a ver si envejece de una vez por todas), que es más papista que el Papa y cuyo cinismo es un rasgo idiosincrático de generaciones muy posteriores a la del artífice de los Unsettled Objects (1968-69). Sin duda, los yanomamis -nuestro hombre convivió una temporada con ellos- hicieron un buen trabajo con el intrépido hombre blanco que un día se plantara en sus selvas. El barco se hunde, el hielo se resquebraja puede visitarse hasta el 16 de abril, con la primavera casi al alcance de la mano, y otros tantos estruendos sonando, esta vez en panoramas geopolíticos y económicos que no paran de crujir, justamente como las superficies de las grandes masas de agua helada.