27 nov. 2016

¿Qué hay más allá?


Leer Nº 277

Hitchcock, más allá del suspense se pregunta exactamente eso: ¿Qué hay más allá de Alfred Hitchcock y su cine? La respuesta viene por triplicado. En primer lugar, el carácter ultracontrolador de un director poco dado a derivar parcelas del proceso de creación cinematográfica, poniéndolas, por así decir, en manos de terceros; poco dado, incluso, a desentenderse de las que empezarían donde su trabajo debería terminar, como la promoción de los filmes u otros aspectos comerciales. La segunda respuesta tendría que ver con lo que sigue: una profundización psicológica en su celuloide evidencia la importancia que otorgó a las relaciones entre géneros, y el modo en que subrayó su proverbial complejidad. En tercer lugar, nos queda una voluntad de hacer de sus películas espejos de sus respectivas épocas.

Como quiera que estas tres claves no podrían explicar jamás todo el cine del británico, en el espacio que se extiende entre sendas revelaciones hay cabida para otros acentos. Fue un cineasta mainstream con licencia para desarrollar su propio lenguaje, por ejemplo, mediante el uso de sus icónicos planos detalle al estilo del archiconocido ojo buñueliano. Entre otras, esta última innovación narrativa ha permitido que se le asocie con el surrealismo y la vieja fotografía de la Nueva objetividad. Más allá del suspense nos habla también del pensamiento visual de su protagonista, recopilando unos pocos diagramas relativos a secuencias, movimientos de cámara, etc. Hitchcock, formado fugazmente como artista plástico en su juventud, era sin duda un buen dibujante y -lo que suele ir de la mano- un hombre de imágenes concretas antes que de abstracciones.

Atendamos ahora a ese lío relacional para con las mujeres, vibrante y conflictivo tanto en la vida de nuestro protagonista como en La ventana indiscreta (1954) o Vértigo (1958). Valgan unas palabras de Almodóvar al respecto: “tenía unas relaciones muy neuróticas con las mujeres. No hay necesidad alguna de leer las memorias de Tippi Hedren o Vera Miles para saberlo”. Además, el calzadeño no le perdona que le prohibiera a Miles quedarse embarazada “porque quería que hiciera el papel de Kim Novak en Vértigo” (Conversaciones con Almodóvar. Frédéric Strauss. Akal, 2001). El conflicto se desarrolla horizontal y verticalmente, y Hitchcock se enfanga con tensiones filiales como la de Norman Bates hacia su madre muerta en Psicosis (1960) o, siguiendo un esquema inverso y menos patológico, la de Lydia Brenner hacia su hijo Mitch en Los pájaros (1963). Como el lector interesado no tardará en averiguar, el tema da mucho más de sí tanto dentro como fuera del Espacio Fundación Telefónica.

No nos olvidamos de aquella faceta contemporizadora que referíamos y que se refleja, en la filmografía del genio, en un más que llamativo interés por las estéticas plásticas y arquitectónicas del momento. Valga como ejemplo rápido la vivienda estilo Lloyd Wright que aparece al final de Con la muerte en los talones (1959); una versión escenográfica de La Casa de la Cascada (1936-1939). Recordemos también la intervención de Dalí en Recuerda (1945); aquella con la que el pintor dio forma al sueño de Gregory Peck, en una secuencia notablemente acortada en la versión que llegó a público. Mentemos un momento los nombres de Dior y Balenciaga para dejar claro que la moda no fue menos y quedémonos con que, una vez más, la cosa da de sí lo suficiente como para dejarla correr tras unos alegóricos puntos suspensivos. ¿Qué hay más allá? Una exposición preñada de textualidad, paradójicamente muy poco visual y más bien aburrida, quizá por exponer lo que muchos de nosotros preferiríamos leer o ver en un documental. Lo mejor es la proyección triple de Jeff Desom, casi al final: Rear Window Loop (2010).